30 años de cultivos transgénicos en Argentina: una historia de ciencia, innovación y desarrollo

En 1996 se sembró el primer cultivo transgénico en Argentina. Tres décadas después, el país sigue ocupando un lugar de liderazgo mundial en la adopción y el desarrollo de esta tecnología.

Pero el éxito de los cultivos transgénicos no fue producto del azar; fue el resultado de la combinación de ciencia, regulación, innovación y productores dispuestos a incorporar nuevas herramientas.

El terreno estaba preparado

Cuando la biotecnología agrícola comenzó a llegar al campo, Argentina ya contaba con varias fortalezas que favorecieron su adopción:

  • Un sistema científico sólido.
  • Un marco regulatorio basado en evidencia científica.
  • Una industria semillera y de mejoramiento genético altamente capacitada.
  • Productores abiertos a la innovación.
  • Un sistema de siembra directa en plena expansión.

Además, desde 1991 el país contaba con la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (CONABIA), organismo encargado de evaluar la seguridad ambiental de los cultivos transgénicos. Esta visión temprana permitió establecer reglas claras para la evaluación y aprobación de nuevas tecnologías.

Una adopción sin precedentes

El primer cultivo transgénico sembrado en Argentina fue la soja tolerante a herbicidas, aprobada en 1996. Poco después llegaron el maíz y el algodón resistentes a insectos.

La adopción fue extraordinariamente rápida. En apenas una década, los cultivos transgénicos alcanzaron el 90% de la superficie sembrada con soja, cerca del 70% del maíz y alrededor del 60% del algodón.

Argentina se convirtió así en el segundo productor mundial de cultivos transgénicos, solo detrás de Estados Unidos. Treinta años después, Argentina continúa ocupando un lugar de liderazgo entre tres los principales productores de cultivos transgénicos del mundo. Más de 90 eventos biotecnológicos han sido aprobados para su cultivo y comercialización, los productos de esta tecnología se exportan a más de 100 países y el país cuenta con uno de los sistemas regulatorios más reconocidos a nivel internacional.

Argentina no fue solamente un usuario temprano de la biotecnología agrícola, fue uno de los primeros países del mundo en construir las capacidades científicas, regulatorias y productivas necesarias para adoptarla de manera segura y eficiente.

La innovación en el campo

Uno de los factores que impulsó la rápida adopción de cultivos transgénicos en Argentina fue la sinergia entre la soja tolerante a herbicidas y la siembra directa. Esta práctica conservacionista permitió reemplazar gran parte de las labores mecánicas para el control de malezas por estrategias más conservacionistas y eficientes de manejo, favoreciendo la protección del suelo y reduciendo el consumo de combustible.

A su vez, el maíz resistente a insectos permitió ampliar el área de siembra a regiones y fechas de siembra que antes eran impensadas por la gran presión de plagas. Esto resultó en mayor flexibilidad y capacidad de escapar a estrés en períodos críticos, incrementando la resiliencia del cultivo y un menor uso de insecticidas.

Los beneficios se hicieron evidentes: menos erosión, menos emisión de gases de efecto invernadero, mayor eficiencia en el uso de recursos y una agricultura más sustentable.

De adoptar tecnología a desarrollarla

Durante los primeros años de los cultivos transgénicos, Argentina se destacó por adaptar e incorporar rápidamente innovaciones desarrolladas en otros países. Con el tiempo, sin embargo, comenzó una nueva etapa: la generación de desarrollos propios.

Universidades, institutos públicos de investigación y empresas nacionales impulsaron innovaciones que demostraron la capacidad científica y tecnológica del país.

Entre los hitos más destacados de eventos aprobados se encuentran:

2015: papa resistente al virus PVY.

2017: cártamo que acumula proquimosina bovina en su semilla.

2020: trigo tolerante a sequía, el primer trigo transgénico aprobado en el mundo.

Estos avances demostraron que Argentina no solo podía adoptar biotecnología, sino también desarrollarla.

El desafío de comunicar ciencia

Como toda innovación disruptiva, los cultivos transgénicos no estuvieron exentos del escrutinio público. A lo largo de estas tres décadas, la percepción pública de la biotecnología presentó desafíos cambiantes.

En los primeros años, el debate estuvo marcado por fuertes campañas de organizaciones opositoras a los cultivos transgénicos. En ese contexto, el foco estuvo en transmitir que los transgénicos son seguros, poniendo énfasis en la seguridad para las personas, los animales y el ambiente.

Con el tiempo, la experiencia acumulada en millones de hectáreas sembradas alrededor del mundo, el consenso de la comunidad científica internacional y los esfuerzos de divulgación contribuyeron a responder muchas de las inquietudes iniciales. 

Sin embargo, mientras algunas dudas se disipaban, surgían nuevos desafíos. La aparición de las redes sociales y las plataformas digitales transformó la forma en que circula la información. Hoy, contenidos rigurosos conviven con rumores, información errónea y mensajes diseñados para generar temor o desconfianza.

Ante este escenario de posverdad y desinformación, el desafío hoy es invitar al público a comprender más y temer menos y a usar el pensamiento crítico para derribar mitos. 

Los tiempos cambian, pero hay algo que permanece: la importancia de basar las decisiones en evidencia científica y conocimiento.

Treinta años después

La historia de los cultivos transgénicos en Argentina es la historia de un país que apostó por la ciencia, construyó instituciones sólidas y generó las condiciones necesarias para transformar el conocimiento en innovación.

Es la historia de investigadores, reguladores, fitomejoradores, empresas, productores y comunicadores que, desde distintos ámbitos, contribuyeron a que la biotecnología se convirtiera en una herramienta concreta para el desarrollo.

En estos 30 años cambiaron los desafíos, cambiaron las preocupaciones y cambió el mundo, aún así, 30 años después de aquella primera campaña, la decisión de seguir innovando se mantiene.

Los tiempos cambian, pero la innovación queda.